martes, 18 de diciembre de 2012

Ordenaciones P. Vicente Yánez


Más grande que mi corazón

Testimonio vocacional del P. Vicente David Yanes Cuevas

 
P. Vicente David Yanes Cuevas L.C.

La vida es un regalo y una aventura. Como regalo nos viene dada sin merecerla, como aventura pide tu protagonismo a cada paso. Vivir implica mantenerse abierto a continuas sorpresas y también querer entregarse para que las cosas sucedan. Al empezar mi adolescencia comencé a darme cuenta de ambas verdades; fui consciente de que mis días avanzaban sin detenerse y recuerdo que me propuse tratar de ser lo más feliz posible en cada momento (Carpe diem!). Pero pronto descubrí también que mis mayores deseos y planes de felicidad se quedaban muy cortitos, que no le llegaban  ni a los talones a la invitación que Alguien “más grande que mi corazón” iba a hacerme, ese “Alguien” que me había echado el ojo desde siempre…

* * *

El hermano mayor

Soy el mayor de tres hermanos, modelo 1981. Nacido en Monterrey, así que buena gente. Óscar, mi primer amigo, nació cuando yo tenía dos años y medio. Carlos Andrés, el pilón y el mejor de los tres, llegó cuando me faltaban dos meses para cumplir diecisiete. (Además de ellos Dios me quiso regalar una hermana espiritual muy especial, catorce años después: Bogi). Mis papás siempre nos han querido mucho, lo mismo nosotros a ellos y entre los hermanos es habitual manifestarnos un cariño mutuo muy profundo. Aunque la economía de casa no ha sido la columna más segura de la familia, nunca nos faltó nada y sí recuerdo el esfuerzo de mis papás por darnos una buena educación y una formación basada en los valores cristianos, con una participación muy asidua en la vida de la Iglesia.

Rezar e ir a misa eran actividades familiares que veíamos con mucha naturalidad en nuestra casa, y que realizábamos de bastante buen agrado. Mis papás han vivido casi todo su matrimonio como miembros activos en el Movimiento Familiar Cristiano y puedo decir que su testimonio no nos pasaba desapercibido. Agradezco a mis papás que nos hayan transmitido la fe de un modo tan directo, lo que en mi caso fue un terreno que Dios aprovechó para sembrar en mi alma la vocación sacerdotal.

Ningún sacerdote en los juegos

De niño me encantaba inventar juegos y crear historias en las que Óscar y yo poníamos en acción a los cerca de 100 muñecos que teníamos (a veces pienso si Tolkien no nos robó alguna historia…). Ninguna figurilla del cuarto podía quedarse fuera, cada uno tenía su papel. En nuestro vasto reparto nunca se nos ocurrió incluir un sacerdote -aunque no faltaban los sabios que, escondidos en las montañas, daban los consejos precisos para cambiar los destinos de los hombres-. El bien y el mal en sus múltiples manifestaciones estaban presentes detrás de rostros muy dispares e historias legendarias.

Por encima de todo, la lealtad… y tras ella, la misericordia

Entre todos los valores, tanto en el juego como en mi vida real, mi valor más apreciado fue siempre la lealtad: en nuestras historias siempre había un personaje que, no importando por cuántos peligros y enemigos tuviese que atravesar, llegaría sin falta a prestar su brazo para protegerte. Con mis amigos sucedía lo mismo: lo que yo más buscaba en ellos es que fuesen incondicionales, saber que iban a “estar allí” cuando los necesitaba. Posiblemente tenía una visión un tanto idealizada de esta virtud, como si la lealtad fuera incompatible con la menor sombra de duda o de debilidad humana.
Con el paso del tiempo fui aprendiendo que todos éramos imperfectos y limitados y, sin embargo, mi corazón seguía buscando a alguien que me diese esa seguridad de que siempre iba a estar conmigo. En la casa teníamos un cuadro muy grande del Sagrado Corazón con una frase que decía “Amigo que nunca falla”, recuerdo que una vez me quedé mirando ese mensaje, tratando de asimilarlo y preguntándome seriamente si podía ser verdad que hubiese un amigo “que nunca falla”. Todavía como ahora estaba muy lejos de ser lo que se dice “un santo de altar”, pero en ese momento le pedí a Dios que lo que Él me prometía si fuese verdad, que Él no me fallara. Así lo sentí, y supe que con él sería diferente, que mi corazón no se equivocaba.

La segunda virtud que siempre me atrajo fue la misericordia: el perdón era para mí algo sagrado, quizá el acto más grande que un hombre podía tener hacia otro; la gran prueba de la propia calidad humana. Y esto también lo encontré en Jesús de un modo infinito: Él era todo misericordia conmigo porque era todo lealtad. Si yo fallaba, Él permanecía siempre fiel…

Dejar huella en el mundo, pero ¿cómo?

Mis sueños como adolescente eran ser reportero, escritor, actor, y director de orquesta o cantante de ópera… casi nada. Pero ser sacerdote creo que nunca lo consideré una posibilidad. No me atraía la popularidad por sí misma, pero sí deseaba dejar “alguna huella” en el mundo, algo que contara: entregar algo de mí al patrimonio de los hombres antes de morir, permanecer en “la historia”. Siempre me han gustado las historias: leerlas, contarlas, actuarlas, vivirlas… realizar mi papel del mejor modo posible y salir del escenario cuando me llegara el momento. Pero, ¿cuál era mi papel? Tenía delante varias opciones, proyectos… pero aún no se había presentado el mejor candidato. Y que eso estuviera pendiente no era un obstáculo para perseguir la felicidad en mi adolescencia.

Cuando llegó “la plenitud de los tiempos”

Tenía 14 años y era feliz a tope. Hacía lo que quería y quería lo que hacía, y con eso queda dicho todo. No me faltaban amigos y amigas con los cuales compartir muchas alegrías. Felicidad, espíritu positivo, alegría, mirar adelante: todas estas palabras sirven para describir mi situación interior durante toda mi vida hasta antes de los quince. Y lo que vino después ha sido mucho mejor. Si me lo hubieran predicho no lo habría creído, por dos motivos muy fuertes: primero, porque me sentía pleno; segundo, porque no echaba en falta nada.

¿Es posible estar seguro de la propia vocación a los 14 años? Por mi propia experiencia puedo decir “sí, completamente”. Pero para cada uno Dios tiene su camino: no sólo la edad y el momento, sino el grado mismo de convencimiento es diverso. A mí no me dejó la menor duda de que Dios me llamaba para seguirle de por vida. Lo que ha pasado en los años sucesivos ha sido sólo un profundizar y fortalecer la decisión de la primera vez.

Una invitación inesperada, inofensiva

Un sacerdote legionario a quien conocí y frecuentaba para hablarle de mis “problemas” de adolescente, el P. Gonzalo Urquiza, en uno de nuestros encuentros me preguntó directamente si alguna vez había pesando en ser sacerdote. La respuesta: “no, nunca”. “Y si yo te invitara a conocer un seminario, sólo para conocer, ¿irías?”. El padre me caía muy bien, y la actividad me parecía “de bajísimo riesgo”, así que acepté. No sólo no tenía nada que perder, sino que estaba convencido de que tampoco encontraría nada que me llamaría la atención.

Me equivoqué. Completamente. Dios juega muy bien sus cartas y no era posible que yo fuese más listo o que supiese mejor que Él donde estaba mi felicidad. Me encantó lo que encontré en el centro vocacional de León. Ya sólo llegar me di cuenta que estaba en un lugar especial, pero no pasaron ni un par de minutos para que la vida de aquel seminario, de sus seminaristas, comenzara a atraerme la curiosidad.

Lo que más admiré al llegar fue la disciplina, el orden y la armonía que reinaba por todas partes. Pero mayor fue mi sorpresa cuando estuve entre los seminaristas de tercero de secundaria (un año mayores que yo) y los vi tan felices y tan normales. Todos ellos eran amigos entre sí, amigos entrañables; con sus diferencias y temperamentos, pero eran muy amigos: se notaba el aprecio mutuo, la confianza, la alegría con que vivían. Eran chicos como los de fuera, pero al mismo tiempo yo sentía que eran “muy especiales” por estar ahí, que eran valientes y de decisiones definidas para darse a sí mismos la oportunidad de ver si Dios les llamaba. Lo que encontré me gusto demasiado… otra cosa a lo que había imaginado. Terminé la cena con el propósito de cursar el próximo año en el CV de León. Pero Dios aún quería darme un mensaje más claro, un regalo más grande.

La llamada, camuflada en un cuadro pero fulminante

Dios llama de verdad. Eso quiere decir que escuchas su voz, que percibes con claridad que te ha elegido a ti y no al tipo de al lado, que la invitación va con tu nombre y es de ti quien espera la respuesta. Si Dios llama a alguien es imposible que el interesado “no se entere”… o éste está muy distraído o Dios lo haría francamente mal.

El modo de esta llamada es muy diverso: puede ser en medio de “grandes momentos” de película o sumergido en la cotidianeidad. Pero es un suceso identificable, y dentro de su sencillez será siempre un momento “grande”: porque ahí se une lo humano con lo divino, lo pasajero con lo eterno, la tierra con el cielo.

En mi caso me vino acostado, aunque no en sueños. Después de la cena de bienvenida los seminaristas se fueron a sus oraciones de la noche y los muchachos de la convivencia tuvimos juegos nocturnos en el jardín, para cansarnos… Ya en el dormitorio, me quedé mirando un cuadro que estaba en la pared antes de que apagaran la luz. No era nada extraordinario, pero lo que vi ahí cambió mi vida por completo. La fotografía presentaba la ladera de una montaña nevada, en lo alto. La blanca extensión dominaba la escena y por encima de ella se veía el cielo. Eso era todo lo que había. Pero yo “me vi a mí mismo” en la imagen. Era yo, mayor, vestido de negro y de largo. Yo en sotana, que subía por esos duros caminos porque sabía que era sacerdote y que iba a encontrarme con un enfermo que me había llamado antes de morir. ¿Ensueño, premonición? Para mí fue la llamada de Dios. Y respondí “sí”. No sólo lo dije en mi interior, lo pronuncié con fuerza y recuerdo que lo escuché. Después de eso, me dormí muy feliz.

“He estado en el cielo, ¿me dejas volver?”

Así de sencillo pasó todo. Una imaginación de un adolescente, de eso se valió Dios para hacerme la invitación a seguirlo de por vida. El hecho en sí lo descubrí cinco años más tarde, como fruto de una oración en la que precisamente le pedí a Dios que me permitiera redescubrir el momento concreto y puntual en que me eligió. No me cabe la menor duda de que así fue, porque al redescubrirlo lo recordé con sus pormenores. Cosas de Dios… Pero en aquellos días de enero, aunque no fuera tan consciente de lo que había pasado sí recuerdo que estaba completamente convencido de que Dios me había llamado y que me había escogido para estar con Él para siempre. Escogido, con Él, para siempre. Estas tres ideas siempre las he tenido muy claras en mi corazón. Desde luego ha habido dificultades en este camino o momentos en que otras opciones han podido distraerme; pero dudas, en mi caso, ninguna.

Yo quería quedarme en León desde el día en que llegué. El sacerdote que me llevó de visita me explicó que así no se manejaban estos asuntos, que qué iban a pensar mis papás… Evidentemente, tuve que volver a casa. Pero la primera cosa que le dije a mi mamá cuando la vi fue “Mamá, fui de visita al cielo. ¿Me dejas volver?”. Fue una sorpresa muy grande para mis papás verme tan entusiasmado, porque no hablaba de otra cosa y no quería sino volver y hacerme apostólico de la Legión de Cristo para seguir a Jesús que me había llamado.

Mis papás supieron reconocer la acción de Dios en mi vida, confiaron en Él y me apoyaron completamente; lo mismo puedo decir de mis familiares y de la casi totalidad de mis amigos. Siempre han estado conmigo y me han acompañado espiritualmente en este camino de más de 16 años. Camino que volvería a tomar mil veces, porque nada de “lo que pude haber hecho” en este tiempo puede compararse con la alegría de seguir a Jesucristo, con el privilegio de ser de los suyos.

El amor de mi vida, Jesucristo; mi camino, la Legión

¿Qué es lo más valioso que he aprendido en la Legión? Siempre diré lo mismo: conocer personalmente a Jesucristo, hacer la experiencia de su amor particular hacia mí, conocerlo como el Amigo real, verdadero, que está a mi lado en todo momento. Cada persona tiene su camino para conseguir esto, que es la meta más alta de la vida: yo lo recibí en la Legión de Cristo. Soy feliz como legionario de Cristo y me siento orgulloso de mi vocación y de pertenecer a esta familia tan querida y probada por Dios.

El deseo más grande de mi alma es encontrarme con Jesucristo al final de mis días y darle un abrazo entrañable, agradecerle todo su amor a mí, y escuchar en su pecho los latidos de ese Corazón “más grande que mi corazón”. Descubrir esto ha sido lo más maravilloso que he experimentado en esta vida… y creo que la que viene será aún mejor.

El P. Vicente David Yanes Cuevas nació en Monterrey, Nuevo León (México), el 10 de junio de 1981. Ingresó al seminario menor de los legionarios de Cristo en julio de 1996 en la ciudad de León. En 1998 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México). Terminó sus estudios de bachillerato y estudió el bienio de humanidades clásicas en Salamanca (España). Realizó los estudios de filosofía (licencia) y teología (bachillerato) en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Realizó sus prácticas apostólicas como formador de los novicios en el centro de noviciado de Santa María de la Montaña. Colaboró un año como miembro de la secretaría general de la Legión de Cristo. Durante cuatro años fue formador de estudiantes de filosofía y teología en el centro de estudios superiores de los legionarios de Cristo en Roma.